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Los intermitentes son tus amigos, ¡utilízalos!

6-III-2013

Interminentes

Pongá­monos en situación. Abres la puer­ta del coche, te sien­tas, jus­to delante de ti tienes un volante cómo­do, a la altura que cor­re­sponde —si no es así, obser­varás que en la parte infe­ri­or hay una palan­qui­ta para reg­u­lar­lo, es muy útil—; a la izquier­da hay un palo; descono­ci­do y molesto para algunos, que incon­scien­te­mente pen­sarán que quién habrá sido el idio­ta que pone ahí ese adorno, que hace que de vez en cuan­do tro­pieces con él, pese a tus inten­tos de girar el volante sin rozar­lo tan siquiera. ¡Maldito palo!

Pues no, ami­go, no es un palo molesto e inútil; es una de las her­ramien­tas más útiles de que dispone tu coche. Tan­to para ti como para los demás que tienen la suerte o des­gra­cia de cir­cu­lar a tu lado; depen­di­en­do de si eres de los pocos que le da uso ade­cua­do a ese palo, o por con­tra crees que además de ser un adorno raro, no que­da nada bien estéti­ca­mente esa cosa ahí engan­cha­da.

Estoy cansa­do de acabar enfadán­dome cada vez que sal­go con mi vehícu­lo. Siem­pre, no fal­la. Recuer­do que antes esporádica­mente alguien no señal­iz­a­ba cor­rec­ta­mente sus movimien­tos, pero aho­ra mis­mo lo que es esporádi­co es que alguien los señal­ice cor­rec­ta­mente. A pesar de que los años de expe­ri­en­cia en car­retera te brin­dan un sex­to sen­ti­do con­tra energú­menos que se pasan las nor­mas de seguri­dad vial por donde todos sabe­mos, y en con­tra de lo que la may­oría de ellos pen­sarán: el resto de con­duc­tores no somos adi­vi­nos; no ten­emos ni idea de hacia dónde va cada quien, ni ten­emos por qué saber­lo. De ahí que sea útil indicar a los demás qué vamos a hac­er; con la antelación nece­saria para que nadie ten­ga por qué hac­er un cam­bio de sen­ti­do vio­len­to o ten­ga que fre­nar brus­ca­mente para evi­tar una col­isión con aque­l­los que pien­san que si accio­nan la palan­ca de inter­mi­ten­cia las luces se fundirán.

No ten­emos por qué fijarnos hacia dónde se dirige la cabeza de quien con­duce el vehícu­lo, ni siquiera esper­ar a ver qué movimien­to hacen las ruedas para inten­tar antic­i­par, de algún modo, cual será la direc­ción que tomará ese temer­ario indi­vid­uo al volante de su coche. Y los ser­vi­cios de seguri­dad deberían con­tro­lar estas cosas, mucho más que otras en las que se fijan con puro afán recauda­to­rio. Aunque la cul­pa no sea de ellos, sino de quienes lam­en­ta­ble­mente nos gob­ier­nan.

Sólo por respeto hacia los demás con­duc­tores habría que señalizar cor­rec­ta­mente nue­stros movimien­tos, que no supone esfuer­zo alguno para quien lo hace, pero que ayu­da muchísi­mo al resto de con­duc­tores. Pero como algunos no entien­den ni qué sig­nifi­ca esa pal­abra, deberían hac­er­lo porque, como nos enseñaron en la autoes­cuela —aunque algunos ya no recuer­den nada de lo apren­di­do— es oblig­a­to­rio y san­cionable la incom­pren­si­ble adver­si­dad hacia su uti­lización.

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