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Reseña: La mujer de negro, de Susan Hill

17-X-2015

La mujer de negro, de Susan Hill

La mujer de negro, de

Pági­nas: 192 Edi­to­r­i­al: ISBN: 9788435010580

Sinopsis

Cuan­do el joven abo­ga­do Arthur Kipps recibe el encar­go de via­jar a un pueblo remo­to del inte­ri­or rodea­do de maris­mas bru­mosas para asi­s­tir al entier­ro de una anciana no puede ni imag­i­nar lo que le espera, y sólo ve en ello la posi­bil­i­dad de pro­gre­sar pro­fe­sion­al­mente, lo que quizá le per­mi­ta final­mente casarse.
Mien­tras inten­ta pon­er orden en el lega­do de la difun­ta, empieza a ver una extraña apari­ción y se intro­duce en una his­to­ria que los lugareños inten­tan olvi­dar: la de una madre soltera que tuvo que dejar a su hijo al cuida­do de su her­mana, pero el niño se hundió en las maris­mas mien­tras su madre biológ­i­ca lo mira­ba todo impo­tente des­de su ven­tana. Según dice la tradi­ción, siem­pre que alguien ve al espec­tro de la madre, muere un niño, y a la larga Arthur Kipps com­pro­bará en su propia famil­ia has­ta qué pun­to esa tradi­ción es cier­ta.

Opinión

Me pare­ció un buen libro; entretenido. En prin­ci­pio es de ter­ror, pero sal­vo breves partes es bas­tante light. Es un libro bas­tante breve y se lee con agili­dad; se mantiene intere­sante durante toda la nov­ela, y va guián­dote a un desen­lace que, por lo menos en mi caso, no era para nada pre­deci­ble has­ta que no lo tienes delante de tus ojos.

El arte con la que Susan Hill dom­i­na las descrip­ciones es lo que, a mi juicio, más miedo puede dar; más que la esce­na propi­a­mente dicha. Mane­ja las pal­abras de tal for­ma que con­sigue hac­erte creer que estás tú mis­mo en esa situación, aportán­dote has­ta los más nimios detalles sin sobre­car­gar­los de for­ma innece­saria para que sean bien digeri­bles.

Cuan­do decidí leer este libro no había vis­to la pelícu­la; de hecho, ni siquiera sabía que había una pelícu­la basa­da en este libro, así que no puedo hac­er com­para­ciones entre ambas, pero que­da pen­di­ente ver en un futuro la pelícu­la, pues pien­so que puede prom­e­ter.

Yo sería bas­tante menos atre­v­i­do que Arthur, a la primera adver­ten­cia hubiera hui­do del pueblo y ni siquiera me hubiera plantea­do ir por aque­l­los aban­don­a­dos lares… aunque de haber sido así Arthur hubiéramos leí­do un microcuen­to.

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