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Historia de un motero

16-XII-2010


Fotografía de Javi SLH en Flickr

Las seis y cin­cuen­ta y ocho de la mañana. Quedan dos min­u­tos para que suene el des­per­ta­dor. Maldito tra­ba­jo, todos los días lo mis­mo. Me doy la vuelta en la cama. Aho­ra le doy la espal­da al armario, y ten­go a la altura de mis ojos su nuca. Es blan­ca, boni­ta. El pelo recién cor­ta­do y lava­do, como se encar­gó de recor­darme Javi ayer por la tarde jus­to antes de que su madre lle­gara. Levan­to la mano derecha has­ta la altura de su hom­bro y recor­ro, casi sin tocar­la, todo su con­torno. Le acari­cio el pecho, sigo por el abdomen, su bar­ri­gu­i­ta, la cadera y los mus­los. Se estremece. La quiero con toda mi alma. Las seis y cin­cuen­ta y nueve. Me vuel­vo a girar, pero esta vez es hacia el maldito demo­nio que me arran­ca cada mañana de su lado. Lau­ra te quiero.

Me sien­to en la cama, y pien­so en todo lo que ten­go que hac­er hoy. Me sien­to abru­ma­do. Primeros de mes. Toca pagar todo lo pagable. Hipote­ca, reci­bos de luz, agua, gas, seguros del coche, crédi­to de coche y, por fin, el últi­mo de la moto. Cin­co años pagan­do moto pero hoy es mía. Un cero, un siete, un cero, un cero. Esos dígi­tos rojos, que solo pueden venir del infier­no, me abrasan la mente, y me recuer­dan que den­tro de cuarenta min­u­tos ten­go que salir hacia el tra­ba­jo. Bus­co las zap­atil­las a tien­tas. Una está deba­jo de la alfom­bra, y la otra aparece en el lado de Lau­ra; ¿como habrá lle­ga­do has­ta ahí? Una de esas pre­gun­tas que nun­ca se podrán respon­der. Me son­río por las chor­radas que se me ocur­ren a estas horas.

Sal­go del dor­mi­to­rio, y me acer­co a la leon­era. Javi y Lau­ra siguen dormi­dos. Siete y once años. Me sien­to feliz, y sé que soy afor­tu­na­do por ten­er a mi lado mis razones para vivir. En el cuar­to de baño aún están por el sue­lo las toal­las de la lucha noc­tur­na para duchar a Javi. Está en la época, decía la psicólo­ga del cole­gio. Las reco­jo, y las pon­go en la ropa sucia. El agua caliente revive mis mús­cu­los, y empiezo a sen­tirme capaz de actu­ar como un humano. Me preparo unas tostadas y un café Express, que el tiem­po ya me pisa los talones. Me pon­go las botas de invier­no que ya hace fres­co, las de 150 euros. Me pon­go la espaldera que me regaló Lau­ra por mi cumpleaños, des­de que me hizo ese rega­lo no hay moto sin espaldera Hal­varssons Safe­ty; -una bue­na, de las caras- me dijo, después de abrir el rega­lo, Javi. Por lo vis­to acom­pañó a su madre. La cha­que­ta de cor­du­ra con su for­ro inte­ri­or abri­ga lo sufi­ciente como para que solo lleve deba­jo un jer­sey nor­mal­i­to. La cha­que­ta no es de las mejores pero tiene sus pro­tec­ciones: 200 euros. Ya estoy casi lis­to. Cojo el cas­co, los guantes y solo ten­go tiem­po de una des­pe­di­da ráp­i­da, unos besos fugaces y has­ta la noche.

En el gara­je ter­mi­no de equiparme. Me pon­go el chale­co reflec­tante porque a esta hora todavía es de noche. Me pon­go el cas­co de 450 euros, y los guantes de 120 que, a pesar de ser de invier­no, me dejan los dedos fres­qui­tos, fres­qui­tos. Aho­ra empieza lo mejor del día has­ta la vuelta a casa. Arran­co la moto, y me salu­da con una tos. “Chi­ca, que hoy ya eres libre”. Áni­mo. Lo inten­to una segun­da vez, y aho­ra sí. Ya se ha des­per­ta­do, y esta­mos lis­tos para la lucha.

Primera, y la moto se desliza sobre el pulidísi­mo piso del aparcamien­to sub­ter­rá­neo. Cualquier día va a pati­nar, y me la voy a pegar. ¿Por qué no harán estos sue­los anti­deslizantes? En la calle hace un frío que pela. Giro a la derecha, y me diri­jo a la primera roton­da. Esta noche la han rega­do, y el chor­ri­to dia­bóli­co parece que no quería lim­i­tarse al césped y ha moja­do todo el con­torno de la roton­da. Paso a cin­co por hora, no sin antes esqui­var un coche que se ha salta­do el ceda el paso. Casi me embiste. El muy cega­to me salu­da con el ded­i­to. Pobre. Aho­ra tocan los Puer­tos de Mon­taña. Son seis para salir de la urban­ización. Todos pin­ta­dos de rojo, y blan­co. Pre­ciosos, muy coque­tos. Para subir­los y no matarme ten­go que pasar a diez por hora en zona de cin­cuen­ta. Cada vez que paso por ellos recuer­do cuan­do me pat­inó la rue­da, y me rompí el bra­zo. El ayun­tamien­to dijo que era por mi fal­ta de peri­cia. Viene el primero. Suelta gas. Fre­na. Lev­an­ta un poco el culi­to. Bota. Da gas flo­ji­to. Bota. Pobre sus­pen­sión. Más gas. Y, así, cin­co veces más.

En el Alpe Duez me pasa zum­ban­do un “125”. Parece el Bat­man con la moto, un Bat­man de esos con­va­l­i­da­dos. Aho­ra toca decidir si autovía o nacional. Hoy autovía. Durante diez kilómet­ros me man­ten­go a 130 de mar­cador. Has­ta que llego al pun­to negro. Un tramo rec­to de unos cua­tro kilómet­ros donde se pasa de lim­i­tar la veloci­dad a 120 a 100, todo ello con­tro­la­do por un radar. Es zona de fre­na­zos. Peli­gro. Hoy está la cosa tran­quila, o eso parece. Ya estoy cer­ca del atas­co. Los últi­mos quince kilómet­ros son así siem­pre. Coches para­dos, y las motos por el arcén. Cir­cu­lo a 20 por hora. Con mil ojos. Me fijo en la rue­da direc­triz derecha de los coches. En como tiene las manos sobre el volante el con­duc­tor. En si mira por el retro­vi­sor. Los inter­mi­tentes. De repente, una rue­da se mueve hacia fuera. Reduz­co. Le veo mirar por el retro­vi­sor. Me ha vis­to. Pero no me fío. Casi voy para­do. Se ha cruza­do delante de mí. Fre­na­zo, y a duras penas man­ten­go el equi­lib­rio. ¿Por qué hace eso? ¿A dónde va? Sim­ple­mente, es una per­sona mala. Quería hac­erme daño. Mien­tras recu­pero el alien­to veo por el rabil­lo del ojo como pasa una moto lan­za­da por el lado izquier­do del coche asesino, y escu­cho un rui­do de plás­ti­co roto. Le han roto el espe­jo retro­vi­sor. Le miro a su cara y su gesto de burla se trans­for­ma en ira, ira impo­tente. ¿Jus­ti­cia div­ina? ¿Incon­sciente opor­tuno?

Tras el sus­to sigo ade­lante, y ya parece que se qui­ta el atas­co. Empieza a llover. Son chispi­tas. La cha­que­ta aguan­tará sin prob­le­mas, solo son diez min­u­tos más. El últi­mo curvón hacía la derecha lim­i­ta­do a 80. Voy a sesen­ta, hay trá­fi­co den­so. Un coche me echa de mi car­ril. Se me ha echa­do enci­ma, y ni lo he vis­to. Hago una man­io­bra brus­ca. Paso sobre una flecha blan­ca de pin­tu­ra anti­deslizante. Se me va la rue­da. No la con­tro­lo. Me voy al sue­lo, me voy al sue­lo. Escu­cho chirri­do de frenos, y de ruedas arañan­do el asfal­to. El primer golpe es con el hom­bro dere­cho. El dolor atraviesa mi mente como un estal­li­do de luz blan­ca. Doy una vuelta de cam­pana. Veo pasar el sue­lo delante de mis ojos a cámara lenta, y cai­go de espal­das. La espaldera hace su tra­ba­jo. El cas­co va reb­otan­do con­tra el rugoso asfal­to. Me he caí­do. Sigo pen­san­do. Me duele el hom­bro, la espal­da y la rodil­la pero parece que no me he hecho nada mas. Aho­ra solo ten­go que parar. Eso fue lo últi­mo que pen­sé antes de que el soporte ver­ti­cal de un guardar­rail me cor­tara por la mitad.

Morí en el acto. Pero seguía vién­do­lo todo. Escuchán­do­lo todo. Sin­tién­do­lo todo. Seguía sin­tien­do. ¿Y Lau­ra? ¿Y mis niños? ¿Y mi vida? ¿Por qué a mí? ¿Por qué con­tra un guardar­rail? Ha sido un acci­dente. No debería haberme costa­do la vida. Pero estoy muer­to. Muer­to. Muer­to. Muer­to…

No dejéis de luchar porque un guardar­rail asesino cam­bi­a­do por uno pro­te­gi­do puede sal­var una vida. Lucha por la vida. Lucha por tu vida. Lucha por nues­tra vida.

V’s

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2 comentarios

  1. Ya había leí­do la his­to­ria y la ver­dad que estremece. El gob­ier­no solo bus­ca recau­dar y solo medi­ante pre­sión, es muy triste, se con­sigue que tomen medi­das para aumen­tar la seguri­dad de los usuar­ios vul­ner­a­bles insta­lan­do el sis­tema de pro­tec­ción de moto­ci­clis­tas… Que­da mucho por hac­er…
    Me ha recor­da­do este vídeo que ví el otro día del proyec­to ROSA: http://bit.ly/gGeSID

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  2. Sí, pero para este Gob­ier­no que ten­emos hay cosas más impor­tantes como apro­bar la Ley de Economía Sostenible, que hará que puedan cer­rar webs sin que un juez ten­ga que medi­ar en el trámite.

    Dónde va a parar, mil veces más nece­sario eso que pro­te­ger la vida de los españoles y no españoles que cir­cu­lan por las car­reteras de nue­stro país.

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